Itinerarios

Historias de mujeres en el PArCo

Diez figuras femeninas por descubrir entre monumentos y hallazgos del Parque, entre diosas, princesas, profesionales de la arena, sacerdotisas: el Palatino, el Foro Romano y el Coliseo conservan los rastros de la memoria milenaria de las mujeres que acompañaron la historia de Roma, desde sus orígenes hasta los últimos días del imperio.

 

1 Las mujeres de la Roma de los orígenes: el culto de Vesta

 En Roma, existía un colegio sacerdotal femenino: el de las vírgenes vestales. Se ocupaba del cuidado del fuego sagrado de la diosa Vesta, cuya llama ardiente, viva día y noche, había asegurado a lo largo del tiempo la fuerza de la Urbs y la cohesión social. El culto tiene orígenes muy antiguos, previos a la fundación de Roma. Estaba oficiado por jóvenes de familias nobles como, lo era, Rea Silvia, la princesa de Alba Longa madre de Rómulo y Remo. En una de las versiones del mito, la madre de los gemelos fue enterrada viva, compartiendo así el mismo castigo infligido a las vestales acusadas de haber violado el voto de castidad que debían respetar durante treinta años.

 

2 Las mujeres y la medicina en la antigüedad: la Fuente de Juturna

La ninfa Juturna es una divinidad de las fuentes y los manantiales y, como tal, era venerada cerca de las piscinas naturales de agua límpida. En el mito, es la hermana del rey de los rútulos, Turno, que en la Eneida de Virgilio es recordado como antagonista de Eneas. En sus orígenes, antes de que se difundiera en Roma, el culto de la ninfa estaba asociado a un manantial del territorio de Lavinio, la ciudad fundada por Eneas tras atracar en el Lacio.

El agua, al igual que el resto de los otros elementos vitales, suele estar asociada a figuras femeninas, pero en este caso tiene una característica más, su efecto medicinal y curativo. Alrededor de la fuente existían locales en los que los enfermos podían disfrutar, incluso con solo la cercanía, de las propiedades benéficas.

 

3 Pasiones, infidelidades y ancestros divinos: Venus Genetrix

 Las historias de infidelidades amorosas en la mitología terminan casi siempre de forma extraordinaria. De las uniones de hombres mortales y la diosa Venus, divinidad de la belleza de la naturaleza fecunda, nacieron héroes muy famosos.

Uno de ellos fue Eneas, concebido por Venus y Anquises, héroe troyano. La ubicación de la saga de Eneas en el Lacio y la consolidación de la leyenda de los orígenes troyanos de Roma, fue la causa por la que algunas familias romanas subrayaron con fuerza los lazos con el héroe. Este fue el caso de la gens Julia -la familia de Julio César-, cuyos miembros afirmarán ser descendientes de Venus. César tenía en muy alta estima a su mítico ancestro y, por ello, erigió en su honor, en la plaza del Foro que hizo construir cerca de la Curia, el templo dedicado a Venus Genetrix. La diosa fue reconocida como fundadora de la gens Julia, al igual que Marte por ser padre de Rómulo, convirtiéndose en la antecesora del pueblo romano para toda la religión oficial del imperio.

 

4 Julia, la hija rebelde

El emperador Augusto, defensor acérrimo de los principios fundamentales de la familia romana, tenía una hija, Julia, que según las fuentes de la época era una mujer de carácter inquieto, extravagante y rebelde. Los autores de su época nos describen una mujer culta y fascinante, pero muy libertina, características que terminará pagando muy caro, no obstante su rango y las súplicas del pueblo romano implorando la gracia. Su padre, siendo ya viuda de Marcelo y de Agripa y madre de cinco hijos, la obligó a casarse con Tiberio, hijo del primer matrimonio de Livia, la tercera y última esposa de Augusto. Julia despreciaba y humillaba al marido hasta tal punto que fue acusada públicamente de plúrimo adulterio. Fue forzada al exilio en la isla de Pandataria, la actual Ventotene, donde el padre la sometió a un estricto control y restricciones severas antes de ser condenada por Tiberio, ya emperador, a transcurrir sus últimos días encerrada en una habitación, en total aislamiento.

 

5 Las mujeres y el poder: Livia

La tradición no fue indulgente con Livia, la tercera y última mujer de Octavio Augusto, aunque le reconociera su inteligencia y su belleza. Pasó a la posteridad como mujer calculadora y despiadada, además de como ejemplo de madre y esposa perfecta. Su primer matrimonio fue con Tiberio Claudio Nerón, con quien tubo dos hijos, Tiberio y Druso a quien alumbró tan solo tres días antes de su segundo matrimonio. Las fuentes narran que organizó durante medio siglo la sucesión de su primogénito Tiberio, cuyos rivales murieron -todos ellos- en joven edad. El título de heredero imperial fue un cargo muy incómodo para Tiberio, quien para secundar las presiones de su madre tuvo que separarse de su amada esposa y casarse con Julia, la hija de Octavio.

 

6 Las mujeres del (Museo) Palatino

La Danzadora

Un misterio rodea la estatua llamada “Danzadora”. Se trata de una iconografía rara y no muy extendida. Las pocas copias del mismo modelo han llegado hasta nuestros días sin cabeza y sin brazos, dificultando su reconocimiento. Es posible que se trate de una joven atleta. Cada cuatro años se organizaban en Olimpia juegos reservados a las mujeres, que competían en carreras con una túnica ligera y corta por encima de la rodilla como la que vemos en el torso. Las ganadoras, además de recibir la corona de laurel, tenían el honor de ser representadas en una estatua. Nuestra Danzadora bien podría ser una de ellas.

La Joven

La joven princesa es una obra maestra de la retratística romana. El mármol griego del rostro se transforma, gracias a la sensibilidad del artista, mostrándonos una tez rosada suave y aterciopelada. El rostro redondo, los ojos grandes y el peinado con el cabello dividido en largos mechones sobre la frente y recogido en un moño detrás de la cabeza subrayan la juventud y evocan la inocencia típica de la niñez.

Aura

La ninfa Aura es la personificación de la brisa y por ello se representa en movimiento, con la túnica agitada que se adhiere al cuerpo de manera desordenada por efecto del viento. Su historia se narra en las Dionisíacas del escritor griego Nono de Panópolis. Aura, virgen y cazadora, insultó a Artemisa, insinuando que el seno terso y redondo de la diosa recordaba al de una mujer lactante. Artemisa la castigó con ayuda de Némesis, diosa de la venganza. Por ello Dionisio le quitó a Aura la virginidad.

7 La Magna Mater

El culto de Cibeles, conocida en Roma como Magna Mater, proviene de Asia Menor. Señora de la naturaleza y personificación de la fuerza creadora de cualquier forma de vida, se solía representar como madre de la tierra y de las montañas, sentada en el trono excavado en la piedra o como señora de los animales y de la naturaleza entre dos leones. La difusión del culto de Cibeles en Roma está relacionada con la historia de la ciudad. Según las fuentes, no solo fue invocada durante la segunda guerra púnica para conceder la victoria a los romanos, sino que también estaría conectada con sus orígenes troyanos. Ovidio narra como, gracias a la Magna Mater, tras la guerra de Troya Eneas encontró refugio en el monte Ida para que más tarde pudiera cumplirse su destino de ancestro de los fundadores de Roma.

 

8 Mujeres en el Coliseo

La participación de las mujeres en los munera como gladiadoras, cazadoras o en las luchas con enanos, aunque fuera solo en contadas ocasiones, fue atestiguada por varias fuentes literarias (Marcial y Estacio) y alguna rara evidencia arqueológica: el mosaico del siglo II d. C. incluido en la exposición “Il Colosseo si racconta” (El Coliseo se narra) podría representar la victoria de dos cazadoras contra un tigre. En cualquier caso, la opinión pública aceptaba que las mujeres se exhibieran en el anfiteatro puesto que se trataba de mujeres de bajo rango, tal y como previsto por el decreto del Senado del año 19 d. C. que prohibía el uso en los espectáculos de personas de clases sociales altas (senadores o équites). Por lo tanto, el discriminador era el censo y no el género; al menos hasta la época de Septimio Severo, quien intentó prohibir el uso de mujeres listas para pelear en la arena. La ley no siempre fue respetada como parecen atestiguar testimonios epigráficos posteriores, descubiertos en Ostia, donde se menciona la presencia de gladiadoras en la ciudad.